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Hombre-Hombre
FERNANDO, MI COMPAÑERO DE GRADO Y SU MADRE

0 VotosEnviado por Walter H.
« VolverGUIA59.COM  -  Noticias - 2010-07-27

Todos mis relatos siempre han sido fiel reflejo de mis historias de vida; son absolutamente reales y verídicos y ocurrieron por ende “en tiempo real”, por eso no puedo “mentir”, por ejemplo, con respecto a la edad que tenía entonces. Sería inconcebible y a todas luces irreal si yo dijese, por ejemplo, que cuando sucedió lo que a continuación he de comentar, yo tendría unos 18 ó 20 años de edad, porque el relato en cuestión ocurrió mientras yo cursaba mis estudios primarios.

 

-“¡Hola! ¡Pasá!”

-“¿Estás solo?”

-“¡Sí! ¡Vení! ¡Dejá las cosas arriba de la mesa y ponete acá!”

-“¡Ah! ¡Qué lindo! ¡Cómo me gusta! ¿A vos te gusta también?”

-“¡Sí! ¿Querés que me quede quieto o que me mueva?”

-“¡Sí! ¡Movete! ¡Dale!”

-“¡Pará! ¿Quién anda allá afuera? ¿Es tu mamá? ¡Me dijiste que estabas solo!”

-“¡Sí! ¡Pero no pasa nada! ¡No! ¡No te lo subas!”

-“¡Pará! ¡Después seguimos! ¡Mirá si entra de golpe y nos ve!”

-“¡Está tendiendo ropa! ¡Recién fue para el patio! ¡Va a demorar un rato todavía!”

-“¡No se! ¡Me da un poco de miedo!”

-“¡Si entra, te subís rápido y nos ponemos a hacer la tarea!”

-“¡Bueno! ¡Dale!”

 

No hace falta mucha explicación para este breve diálogo, pero sí algunas consideraciones; Fernando, mi compañero de banco en la escuela solía cogerme (apoyarme solamente y sin quitarme o bajarme el pantalón) desde que estábamos en quinto grado, pero no fue hasta séptimo que, ya no conforme con esa manera de "hacerme el amor”, comenzó, de común acuerdo conmigo obviamente, a invitarme a su casa ya que siendo él hijo único, contábamos con más probabilidades de quedarnos solos.

 

Una vez en casa de mi compañero, apenas su madre se ausentaba unos instantes, ya sea para ir de compras, de visitas, etc., yo me desnudaba rápidamente de la cintura para abajo y Fernando me cogía, por supuesto sin penetración a causa de su aún pene no desarrollado, por eso el “¡No te lo subas!” del diálogo precedente, en obvia referencia a mi diminuto, ajustado y corto pantalón. Yo me dejaba coger desde prácticamente los seis años de edad y mi compañero encontró en mí al “partenaire” ideal para satisfacer sus apetencias sexuales infantiles.

 

El problema fue que, las inmensas ganas de Fernando por cogerme y mi enorme deseo por permitir que lo hiciese, dio por resultado que todos los recaudos que solíamos tomar para no ser observados por la madre de mi compañero, fueron de a poco quedando de lado, al punto tal que solo cuando la evidencia de que su hijo estaba cogiéndome era tan concreta que no lo podía dejar pasar, la hacía esbozar un “¡Fernando! ¿Qué le estás haciendo a Walter? ¡Cuidado! ¡A ver si lo lastimás!”, acompañado de una mirada picaresca y una sonrisa cómplice hacia mí.

 

Ya era más que obvio que la madre de mi compañero sabía que su hijo y yo cogíamos, porque además de habernos sorprendidos en más de una ocasión, en una situación que así lo revelaba, la manera en la que yo me vestía, sobre todo de la cintura para abajo, con esos pantaloncitos tan cortos, tan diminutos y tan ajustados, que no podían de ninguna manera contener mi exuberante “masa glútea”, contribuía a ello. Máxime cuando, a una pregunta de la madre de Fernando con respecto a que “Si en mi casa tenían conocimiento sobre esos pantaloncitos”, yo le respondí que “Eran ellos mismos quienes me compraban las prendas y me alentaban a vestirlas”.

Lejos, muy lejos de sentir alguna especie de molestia o incomodidad por esa situación, la mamá de mi compañero, comenzó a aceptar y de muy buen grado las relaciones sexuales entre su hijo y yo, tal vez porque ello, es decir, las horas enteras que yo pasaba allí, le brindaban la seguridad que su hijo estaría en casa y no saldría por ahí, aún en los casos en que ella debiera ausentarse. Ello obviamente fue aprovechado rápidamente por nosotros, ya que si la madre de Fernando no salía de casa en toda la tarde, nosotros, con la excusa de jugar, nos encerrábamos en la habitación de mi compañero.

 

-“¡Má! ¡Vamos a jugar un rato en la pieza!”

-“¡Bueno hijo! ¡A la hora de la leche los llamo! ¿Y a qué van a jugar?”

-“¡A los soldaditos y después armamos la pista de carreras!”

 

Esta última respuesta de mi compañero de grado no era “al libre albedrío”, sino que tenía por objeto hacer que su madre no entrase de golpe a la habitación, sino que golpease la puerta primero, si es que quería hacerlo, pero su mamá nos dejaba un buen rato “sin molestarnos”. Apenas trasponíamos la puerta de la pieza, yo me desvestía de la cintura para abajo y Fernando me cogía, me manoseaba, me toqueteaba; le gustaba y mucho acariciar mis enormes y ya con algunos rasgos femeninos “cachetes” y a mí me gustaba y mucho “dejarme hacer” sumisa y pasivamente.

 

-“¡Chicos! ¡A tomar la leche!”

-“¡Ya vamos má!”

 

Recién después que Fernando y yo dejábamos de coger, de experimentar nuevas poses y nuevos movimientos, nos vestíamos, salíamos de la habitación y nos sentábamos a la mesa para tomar la leche, tal y como solían hacer todos los chicos de esa edad y en aquel entonces. Mientras merendábamos la madre de mi compañero me miraba y sonreía socarrona y picarescamente y yo sabía el porqué de ello, pero me gustaba tanto, pero tanto que su hijo me cogiera y de la forma en que lo hacía, que yo no solo ya aceptaba ello sino que inclusive hasta me agradaba.


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Todos mis relatos siempre han sido fiel reflejo de mis historias de vida; son absolutamente reales y verídicos y ocurrieron por ende “en tiempo real”, por eso no puedo “mentir”, por ejemplo, con respecto a la edad que tenía entonces. Sería inconcebible y a todas luces irreal si yo dijese, por ejemplo, que cuando sucedió lo que a continuación he de comentar, yo tendría unos 18 ó 20 años de edad, porque el relato en cuestión ocurrió mientras yo cursaba mis estudios primarios.

 

-“¡Hola! ¡Pasá!”

-“¿Estás solo?”

-“¡Sí! ¡Vení! ¡Dejá las cosas arriba de la mesa y ponete acá!”

-“¡Ah! ¡Qué lindo! ¡Cómo me gusta! ¿A vos te gusta también?”

-“¡Sí! ¿Querés que me quede quieto o que me mueva?”

-“¡Sí! ¡Movete! ¡Dale!”

-“¡Pará! ¿Quién anda allá afuera? ¿Es tu mamá? ¡Me dijiste que estabas solo!”

-“¡Sí! ¡Pero no pasa nada! ¡No! ¡No te lo subas!”

-“¡Pará! ¡Después seguimos! ¡Mirá si entra de golpe y nos ve!”

-“¡Está tendiendo ropa! ¡Recién fue para el patio! ¡Va a demorar un rato todavía!”

-“¡No se! ¡Me da un poco de miedo!”

-“¡Si entra, te subís rápido y nos ponemos a hacer la tarea!”

-“¡Bueno! ¡Dale!”

 

No hace falta mucha explicación para este breve diálogo, pero sí algunas consideraciones; Fernando, mi compañero de banco en la escuela solía cogerme (apoyarme solamente y sin quitarme o bajarme el pantalón) desde que estábamos en quinto grado, pero no fue hasta séptimo que, ya no conforme con esa manera de "hacerme el amor”, comenzó, de común acuerdo conmigo obviamente, a invitarme a su casa ya que siendo él hijo único, contábamos con más probabilidades de quedarnos solos.

 

Una vez en casa de mi compañero, apenas su madre se ausentaba unos instantes, ya sea para ir de compras, de visitas, etc., yo me desnudaba rápidamente de la cintura para abajo y Fernando me cogía, por supuesto sin penetración a causa de su aún pene no desarrollado, por eso el “¡No te lo subas!” del diálogo precedente, en obvia referencia a mi diminuto, ajustado y corto pantalón. Yo me dejaba coger desde prácticamente los seis años de edad y mi compañero encontró en mí al “partenaire” ideal para satisfacer sus apetencias sexuales infantiles.

 

El problema fue que, las inmensas ganas de Fernando por cogerme y mi enorme deseo por permitir que lo hiciese, dio por resultado que todos los recaudos que solíamos tomar para no ser observados por la madre de mi compañero, fueron de a poco quedando de lado, al punto tal que solo cuando la evidencia de que su hijo estaba cogiéndome era tan concreta que no lo podía dejar pasar, la hacía esbozar un “¡Fernando! ¿Qué le estás haciendo a Walter? ¡Cuidado! ¡A ver si lo lastimás!”, acompañado de una mirada picaresca y una sonrisa cómplice hacia mí.

 

Ya era más que obvio que la madre de mi compañero sabía que su hijo y yo cogíamos, porque además de habernos sorprendidos en más de una ocasión, en una situación que así lo revelaba, la manera en la que yo me vestía, sobre todo de la cintura para abajo, con esos pantaloncitos tan cortos, tan diminutos y tan ajustados, que no podían de ninguna manera contener mi exuberante “masa glútea”, contribuía a ello. Máxime cuando, a una pregunta de la madre de Fernando con respecto a que “Si en mi casa tenían conocimiento sobre esos pantaloncitos”, yo le respondí que “Eran ellos mismos quienes me compraban las prendas y me alentaban a vestirlas”.

Lejos, muy lejos de sentir alguna especie de molestia o incomodidad por esa situación, la mamá de mi compañero, comenzó a aceptar y de muy buen grado las relaciones sexuales entre su hijo y yo, tal vez porque ello, es decir, las horas enteras que yo pasaba allí, le brindaban la seguridad que su hijo estaría en casa y no saldría por ahí, aún en los casos en que ella debiera ausentarse. Ello obviamente fue aprovechado rápidamente por nosotros, ya que si la madre de Fernando no salía de casa en toda la tarde, nosotros, con la excusa de jugar, nos encerrábamos en la habitación de mi compañero.

 

-“¡Má! ¡Vamos a jugar un rato en la pieza!”

-“¡Bueno hijo! ¡A la hora de la leche los llamo! ¿Y a qué van a jugar?”

-“¡A los soldaditos y después armamos la pista de carreras!”

 

Esta última respuesta de mi compañero de grado no era “al libre albedrío”, sino que tenía por objeto hacer que su madre no entrase de golpe a la habitación, sino que golpease la puerta primero, si es que quería hacerlo, pero su mamá nos dejaba un buen rato “sin molestarnos”. Apenas trasponíamos la puerta de la pieza, yo me desvestía de la cintura para abajo y Fernando me cogía, me manoseaba, me toqueteaba; le gustaba y mucho acariciar mis enormes y ya con algunos rasgos femeninos “cachetes” y a mí me gustaba y mucho “dejarme hacer” sumisa y pasivamente.

 

-“¡Chicos! ¡A tomar la leche!”

-“¡Ya vamos má!”

 

Recién después que Fernando y yo dejábamos de coger, de experimentar nuevas poses y nuevos movimientos, nos vestíamos, salíamos de la habitación y nos sentábamos a la mesa para tomar la leche, tal y como solían hacer todos los chicos de esa edad y en aquel entonces. Mientras merendábamos la madre de mi compañero me miraba y sonreía socarrona y picarescamente y yo sabía el porqué de ello, pero me gustaba tanto, pero tanto que su hijo me cogiera y de la forma en que lo hacía, que yo no solo ya aceptaba ello sino que inclusive hasta me agradaba.


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